sábado, 31 de enero de 2026

Con Pablo, en mi azotea

Uno de los acontecimientos más emocionantes de mi vida ha sido la publicación del libro dedicado al graffiti sevillano, cuyo autor es el doctor Pablo Navarro.

"Sevilla 85–05 / 20 años de graffiti sevillano"

Un libro nacido del respeto, la memoria y el trabajo bien hecho, que ha tenido una acogida tan generosa que la primera edición (300 ejemplares) se agotó antes incluso de ser impresa.

Haber escrito su prólogo y compartir esta obra, tan bella como necesaria, es para mí un motivo de orgullo y gratitud. Forma ya parte de mi propia historia.

Portada de Sevilla 85–05 / 20 años de graffiti sevillano,
 un libro que convierte la memoria urbana de Sevilla en historia compartida


Texto del prólogo: 

Los primeros ecos del hip hop entraron en mi vida de la mano de mi hijo adolescente. Se pasaba horas y horas en su habitación, con su amigo Tote, mezclando música, haciendo rimas, bocetos de murales y riéndose mucho; se les veía contentos. También practicaban baloncesto y admiraban a los mejores de la NBA.

El día que vi su nombre escrito en las esquinas de los bloques de mi barrio, entre lo que yo, por ignorancia, consideraba “garabatos vandálicos”, le reprendí. En su respuesta me abrió los ojos. Me explicó lo que era el hip hop: una cultura; que se trataba de arte y que, firmando en las paredes, lo que hacían era tagging. Me llamó mucho la atención y busqué información al respecto.

En la Plaza del Pelícano, frecuentada desde siempre por artistas y bohemios, conocí a Darío, a quien por su aspecto me atreví a preguntarle si sabía algo del graffiti. Me habló de Jam y otros graffiteros, a los que en castellano se les llama escritores, y eso me gustó. También me indicó los lugares en los que podría ver las mejores obras de graffiteros sevillanos. Lo hice en coche, acompañada de un director de arte publicitario. Descubrimos auténticas obras de arte realizadas en lugares ruinosos, ocultas a la vista de la gente. Murales que bien merecían ser expuestos al público, firmados por jóvenes sevillanos.

En esos tiempos, como señala Pablo Navarro en su tesis doctoral, el movimiento no era compacto, sino más bien competitivo, y parecía interesante organizar un evento que reuniera a grupos y escritores destacados de todos los barrios, que se conocieran y se relacionaran entre ellos. Una macroexhibición de graffiteros en el centro de Sevilla era una buena idea. Solo necesitábamos un muro de grandes dimensiones, botes de pintura y agua.

Nos pusimos manos a la obra. Darío redactó un proyecto cultural que presentamos en el Plan Urban del Ayuntamiento de Sevilla, esperanzados en que la idea sería acogida. No fue así. Lo rechazaron, tras intensos debates en los que se cuestionaba sobre todo el aspecto cultural del evento; llegaron a sugerirme que lo presentara en Asuntos Sociales, ya que se podía considerar como proyecto destinado a “jóvenes marginales en riesgo de exclusión social”. Me negué en rotundo y expuse mis razones.

Defender el aspecto cultural de nuestro proyecto me llevó a discusiones absurdas con personas cargadas de prejuicios que no tenían ni idea de las inquietudes de la juventud de esos tiempos. Lo decepcionante fue que la Gerencia de Urbanismo no aceptó el proyecto porque, en la comisión correspondiente, perdimos la votación por un voto, el del representante de un grupo político de izquierda, con el que mantuve una fuerte discusión y dejé de hablarle.

Sin dar ni un paso atrás en nuestro propósito, buscamos otras posibilidades. Constituimos la Asociación Hip Hop Andalucía y pudimos organizar el Primer Taller de Graffiti como actividad cultural municipal, gracias a que una funcionaria del Área de Cultura se sumó a nuestra iniciativa y buscó la manera de organizar un expediente. Lo consiguió.

La experiencia nos sugirió cambiar de estrategia y, en lugar de pedir recursos, ofrecimos nuestro espectáculo como “reclamo publicitario”, a modo de anuncio de una campaña solidaria que una ONG organizaba por esas fechas. Lo aceptaron de buen grado y se hicieron cargo de solicitar los permisos correspondientes para pintar el muro que los jóvenes habían encontrado cerca del Prado. El Ayuntamiento no tenía ordenanzas al respecto de los “espacios verticales” y nos remitió a los propietarios de las paredes, lo que hacía más fácil conseguir permisos. La Consejería de Hacienda, propietaria del solar, dio su autorización; de ahí el nombre que se le dio: “El muro Guanabacoa”. Los botes de pintura fueron un regalo de la empresa Montana, que apoyaba nuestros objetivos. Fueron tan generosos que pudimos organizar otros eventos con los botes que sobraron. Las semanas siguientes a la celebración de la exhibición, el barrio de San Bernardo se llenó de graffitis. Si la policía cogía a algún graffitero, daban mi nombre y así me encontré dando explicaciones en la comisaría local y ante alguna que otra comunidad de vecinos. Un amigo personal, abogado, era quien los defendía y evitaba que los ficharan como maleantes.

Conocí a innumerables escritores y raperos que me abrieron la mente, tanto por sus obras como por sus conversaciones. Aprendimos todos.

A lo largo de los años he podido disfrutar de la evolución del graffiti en Sevilla. Aceptado por las instituciones hasta el punto de editar el cartel de la Bienal del Flamenco, firmado, entre otros, por Seleka; exhibiciones magníficas como la del Polígono de San Pablo y muchos locales decorados por firmas que podía reconocer. Cuando conocí a Pablo Navarro celebré con entusiasmo que el hip hop entrara en la Universidad, que se pudiera estudiar e investigar y que su tesis doctoral la fundamentara en el graffiti. En mi opinión, un logro significativo.

Por último, mi nieto Ayan, de nueve años, es alumno de la escuela “Sick Step”, liderada por BBoy Crumbs, una leyenda viva del break dance a nivel mundial, en Atlanta (USA), y ya ha participado en un torneo regional con el nombre BBoy INFERNO.

En resumen, mereció la pena.





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