ALAS DE METAL
Texto: Carmela Gálvez (2024) (Reservados todos los derechos)
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Dedicado a Pep Panea
Hacía más de un cuarto de siglo que padeció cáncer de mama, le hicieron una mastectomía y le extirparon los senos. No superó el trauma psíquico de la mutilación y se los restauraron insertando prótesis mamarias de material sintético en su tórax. Tenía experiencia acerca de los protocolos médicos y paciencia para soportarlos.
Su ingreso en el hospital, en esta ocasión, se debía a una operación menor, en la que le sustituirían las prótesis mamarias internas, porque al parecer una de ellas se había roto.
Cuando fue intervenida se descubrió en su tórax un linfoma, un cáncer que no había sido posible diagnosticar a pesar de las innumerables pruebas que los protocolos médicos habían recomendado realizar antes de entrar
en el quirófano. Tampoco los sofocos, los picores, el insomnio o la falta de
apetito, entre otros síntomas, fueron asociados a los riesgos que, aunque raras
veces, enfrentan las mujeres mastectomizadas que optan por la restauración de
senos insertando en su cuerpo prótesis de material sintético, que entre otras
cosas producen seromas e incluso linfomas. Tampoco se advierte de forma clara de
los riesgos a las usuarias y raramente se difunde en los medios de comunicación.
Tras despertar de la anestesia, el doctor que la había operado, con la cara
descompuesta y la voz quebrada, le informó que habían encontrado un LACG-AIM
Estadio IV (Linfoma Anaplasico de Células Grandes - Asociado a Implante
Mamario). Un tumor del tamaño de un huevo frito y varios más metastásicos, hasta
seis, de menor tamaño, algunos de ellos adheridos a las costillas. Algo así como
un nido de seres malignos ocultos en su pecho. bajo la prótesis.
Nuevamente le
extirparon los senos dejando su torso como el del Cristo Crucificado, con una
herida cosida a mano, a la altura de la lanza que el Romano hundió en su pecho,
para drenarle las heridas y aliviar su dolor.
No podía recordar cuánto tiempo
llevaba hospitalizada tras la grave intervención quirúrgica a la que había sido
sometida; una Toracotomía más la reconstrucción. Fue un éxito para la cirugía
torácica, en la que además de extirparle el cáncer, removiendo los músculos de
la espalda para proteger el pulmón e insertando un relleno de Goterex. Le habían cortado costillas sustituyéndolas por unas tiras de
titanio cubiertas de una aleación azul turquesa. En el quirófano hubo más de
quince doctores y algunos estudiantes dela Facultad de Medicina. Se sumaron como
espectadores ante la singular magnitud de la operación que duró siete horas.
Los
facultativos le mostraban gran cariño por su fortaleza y valentía. Era un caso
único en Andalucía, un linfoma raro del que hay poca bibliografía. Un caso
interesante para la ciencia y la investigación. Incluso le habían enseñado la
radiografía de su tórax y bromeado al respecto, diciéndole que lo que le habían
hecho era insertarle unas “alas de metal.” Que en lo sucesivo, si se esforzaba,
podría volar.
Para paliar la sarcopenia que había empezado a hacer mella en su
cuerpo, le habían recomendado pasear por los pasillos; espacio que ella misma
fue ampliando, visitando otras salas del hospital, subiendo o bajando a otras
plantas, oyendo a familiares de enfermos, colándose por las instalaciones. El
personal sanitario la conocía y la saludaban, dándole ánimos. Se habían acostumbrado a su presencia.
Las antesalas de las consultas, a
pesar de la cita previa, estaban llenas de gente, atenta a sus móviles, mirando
de reojo a las pantallas donde aparecían los códigos que identifican a los
pacientes. Si hablaban entre sí, era protestando por los retrasos de los
facultativos o de las deficiencias de la Seguridad Social, que son muchas. Los
españoles hablamos muy alto y las salas se convierten en un griterío; a veces,
cuando el volumen es intolerable, un enfermero o enfermera sale de la consulta
pidiendo silencio. Parece que nadie ha leído los carteles que hay por doquier
reclamándolo por favor; no llamaban la atención al personal auxiliar que cada
mañana, al iniciar la jornada casi de madrugada, hablan entre ellos por los
pasillos, también a gritos, despertando a toda la sala para nada.
En sus
distintas excursiones por el hospital, subiendo y bajando en los ascensores,
descubrió la salida a la escalera de incendios, sorprendiendo a un grupo de
personal sanitario en una agradable reunión. La reprendieron por estar allí.
Incluso un día llegó hasta la calle, por la puerta del aparcamiento de las
ambulancias. Volvió sobre su pasos al verse reflejada en un cristal y no
reconocerse. Con el pijama hospitalario tenía aspecto de loca y la miraba todo
el mundo.
Cuando se cansaba, en lugar de volver a su habitación, se iba a
cualquier sala de espera de familiares de enfermos y se sentaba junto a ellos.
Le gustaba escuchar sus conversaciones, sus quejas y su penas. Fue ahí donde un
día oyó decir que a los ancianos que no tenían familia para atenderles, cuando
les daban de alta clínica los trasladaban a las residencias, públicas o
privadas, dependiendo si tenían o no recursos propios. Decían que en la última
pandemia habían muerto por centenares, solos en sus habitaciones, sin atención
médica.
El miedo se apoderó de su alma. Temía no volver a su casa, donde vivía
tan feliz, ni volver a ver a su gata “Okupa”, de la que se hizo cargo la vecina
cuando vino el taxi para trasladarla al hospital y quedó ingresada. Desde ese
momento no pudo evitar la desconfianza en el personal sanitario. Sospechaba que
a ella también la secuestrarían.
Cada gesto amable o deferencia le parecían
falsos, los diminutivos con los que se dirigían a ella le parecían hasta
ofensivos, le hablaban como a una niña con palabras carentes de sentimiento.
Dejó de responderles. Su mente ahora la ocupaba un plan de fuga, cuando llegara
la oportunidad.
Ese momento llegó el día que le daban el alta médica. Bajo el
pretexto de que aún necesitaba cuidados la llevarían en ambulancia hasta una
residencia privada, concertada con la Seguridad Social. No le dijeron ni el
nombre ni la dirección; la documentación la llevaría el conductor que se haría
cargo del traslado. A ella le proporcionaron una bolsa con el logotipo el
Hospital impreso y en su interior un pijama hospitalario, productos de higiene personal y una botella de agua. En ella guardó sus enseres personales,
regalos y recuerdos que la habían acompañado durante su hospitalización.
Sentada
sobre la cama, ya vestida con su propia ropa y los zapatos puestos, estaba
esperando a los facultativos que querían despedirse de ella. Era el momento, la
última oportunidad quizás. Con su pequeña cartera colgada en bandolera cogió la
bolsa y salió de la habitación. Era el primer paso hacia la libertad. Recorrió
el camino que ya sabía, saludando incluso al personal sanitario que iba
encontrando por los pasillos, hasta al conductor de la ambulancia que la
esperaba, distraído con el móvil, le dedicó una sonrisa y salió a la calle. El
corazón a punto de estallarle no era impedimento para seguir andando, alejándose
del Hospital.
Anduvo un largo trecho. Recorrió una amplia avenida y estaba muy
cansada, los zapatos le apretaban, llevaba mucho tiempo arrastrando los pies en
zapatillas, también tenía hambre; sentía el torso acartonado, como si fuera de
corcho. Sola, perdida y debilitada y sin poder pedir ayuda no sabía que
hacer. No tenía documentación y aunque así fuera, no sería conveniente, podrían
devolverla al Hospital y de ese destino era del que venía huyendo.
Rendida se
sentó en un banco público, cerca de un semáforo que daba paso cada rato a una
muchedumbre de peatones. No la veían, iban aislados con sus auriculares, algunos
incluso leyendo su móvil. Nadie se daba cuenta de su presencia, o quizás la
confundían con una mendiga y preferían mirar a otro lado. Se quedó dormida.
La
despertó sobresaltada la voz de un hombre que la llamaba. Al abrir los ojos
encontró a un joven que se dirigía a ella, desde un gran “Sillón Motorizado”,
que parecía un “cochecito loco”, como los de la Feria, en los que ella había
disfrutado tanto de pequeña.
- Abuela, ¿necesitas algo?. Va a refrescar la tarde
y no tienes abrigo. ¿Puedo ayudarte?.
La anciana estaba muy confusa, le
habían robado la bolsa mientras dormía y en ella sus gafas. Solo le quedaba su
pequeña cartera colgada en bandolera.
- Hijo mío, me han robado, estoy perdida y
tengo hambre. En la cartera llevo las llaves de mi casa, pero no puedo volver.
¿Quién eres?
Presintió que tenía delante a un ser excepcional, que podría
confiar en él y así lo hizo. Le contó la verdad del por qué estaba allí y que no
podía volver a ningún sitio. Charlaron un rato. Pep que es como dijo llamarse el
joven, la animaba a hablar, le gustaba escucharla, se rieron juntos a cuenta de
su operación y las anécdotas del hospital, pensando en el estupor que tendrían a
estas horas por su desaparición y que seguramente la policía ya andaría
buscándola.
No era así. En el Hospital todavía no se habían percatado de la
huida de la anciana. Cuando los facultativos, después de su ronda por la sala,
llegaron a la habitación no la encontraron, tampoco les extrañó. Le llevaban un
regalo como recuerdo y lo dejaron sobre la cama. Por la tarde las auxiliares,
que habían cambiado de turno, no sabían nada, simplemente recogieron el regalo y
lo depositaron en la sala de las enfermeras. Nadie la echaba en falta hasta que
el conductor de la ambulancia, finalizada su jornada laboral, advirtió que le
faltaba una paciente: la anciana que tenía que llevar a la residencia. Dejó los
documentos en la sala de enfermeras y se fue a su casa tranquilamente.
Nadie la
buscó. Pensaron que posiblemente se la habría llevado otra ambulancia,
cualquiera de las que habían trasladado a los usuarios a sus destinos; no eran
raros los errores. Dejaron el asunto pendiente hasta la mañana siguiente que
dieron parte a la Dirección. Se denunció a la policía la desaparición de la
anciana, de la que nunca más se supo y en el Hospital el incidente pasó a ser
anécdota.
Pep decidió ayudarla, por el momento, y la invitó a comer en una
cafetería cercana un poco antes de tomar una decisión. La invitó a subir sobre
sus rodillas, en su “Sillón Motorizado” y emprendieron la marcha por el
carril bici. Ahora sí la miraban, con gesto de reprobación la mayoría de la
gente. Algunos sonreían y les saludaban. A la anciana le resultó muy
reconfortante el paseo y dejo volar su imaginación. Se sintió como quien viaja
en un Ferrari descapotable nuevo y era feliz. Apenas unas tapas fueron
suficientes para que recobrara su ánimo.
Para proporcionarle ropa de abrigo Pep
necesitaba contar con la ayuda de sus colegas que a esas horas estarían en el
Club que quedaba cerca. Un jardín vertical daba entrada al local. Casi todos los
presentes saludaron a Pep alegrándose de su visita, algunos incluso se acercaron
a abrazarle. Todo el mundo le quería. Le presentó a los más amigos que estaban
sentados en una gran mesa redonda, tertulianos improvisados de lo que parecía un
interesante debate.
La acogieron con muestras de respeto y cariño, les recordaba
a sus abuelas, ya fallecidas la mayoría de ellas. Todos presumían de su amistad
con Pep, del que supo que era escritor, un poeta inteligente y que era a la vez
director de cine. Ya había dirigido varios documentales. Decían de él que
estaba enamorado de la vida. Ella contó algunos episodios de la suya y explicó
la operación a la que la habían sometido y su situación actual. Los jóvenes,
estupefactos, se unieron en piña y le prometieron que ellos la cuidarían. Cuando
le preguntaron su nombre lo ocultó, por precaución, diciéndoles que no tenía que
se lo habían borrado en el Hospital. Desde que ingresó y no se acordaba cuándo,
los facultativos la llamaban por su nombre de pila, que no había usado nunca y
los dos apellidos, la mayoría de las veces leyendo en la pantalla del ordenador,
antes de ponerle la vista encima. Cuando hablaban de ella, en su ausencia, la
llamaban “la anciana del linfoma”.
La música, la conversación, las risas y el
humo de los canutos que los jóvenes consumían, a los que se atrevió a dar “una
calaita”, por no desairarles negándose a su invitación, afectaron a la anciana
de tal manera que se sentía mejor que en sus años jóvenes. A los presentes les
había hecho mucha gracia la anécdota de las “alas de metal”; desde ese momento,
ya que no sabían su nombre, se dirigían a ella bromeando y llamándola “mariposa metálica”. A la anciana le gustó el mote y les dijo que algún día se
iría volando.
Lo que voló fue el tiempo. Pep se dio cuenta de que se había hecho
algo tarde, que tenía que resolver el problema de la anciana, con quien ya se
sentía vinculado. Tomó la decisión de acogerla en su casa, por una noche. Al día
siguiente iría a la comisaría de policía para que se hicieran cargo de ella. La
anciana feliz y contenta aceptó la invitación y emprendieron el viaje de vuelta
a casa.
Las farolas de la calle ya estaban encendidas y había poca gente. Pep
vivía en Triana, un barrio al otro lado del río. Cuando se disponían a atravesar
el puente, iluminado, con agua a ambos lados, con el aire dándole de frente en
la cara, a la anciana que veía borroso, se le antojó que iba en un barco. Ambos
se pusieron a tararear el tema musical de la película Titanic, sonaba muy bien.
A mitad del recorrido le pidió a Pep que parara un momento, para acercarse a la
barandilla y simular que iba en el Titanic y que ella era la protagonista, a lo
que él accedió y se acercó todo lo que pudo, tomando todas las precauciones
posibles, agarró la correa de la cartera y le advirtió que no se asomara, que
solo permaneciera de pie.
El agua estaba oscura. La Torre del Oro iluminada se
reflejaba en el agua y al fondo la Torre Pelli. Ambos quedaron embelesados ante
el majestuoso paisaje nocturno que tenían ante sus ojos. De repente, la anciana
con una agilidad felina y una fuerza desconocida, saltó la barandilla lanzándose
al aire. No se oyó el chasquido del cuerpo al chocar con el agua. Pep quedó
bloqueado, en un estado de angustia que apenas le permitía respirar, con la
cartera de la anciana, rota la correa, en la mano. Miraba fijamente a la
barandilla, deseando que no fuera cierto lo que acababa de pasar, cuando una
brillante mariposa metálica surgió de la oscuridad y tras revolotear en torno a
él, se elevó por los aires hasta perderse de vista.
El salto de la anciana la
elevó por los aires unos instantes antes de caer al vacío. Recordó sus “alas de
metal” y con un gran esfuerzo consiguió desplegarlas y volar. ¡Podía!. Volvió al
encuentro con Pep. Había perdido el habla y a pesar de sus intentos por
gritar no se la oía. Dio varias vueltas sobre su cabeza, le dio las gracias y se
despidió perdiéndose en la oscuridad. A partir de entonces, algunas noches de
luna llena, Pep ve pasar revoloteando sobre Sevilla a una “Mariposa Metálica”,
fuente de inspiración para sus poemas y relatos.
Cuando reaccionó fue a la
Comisaria de Policía cercana, a contar lo sucedido. No le creían porque su
estado de nervios y su forma de relatar lo ocurrido era confusa, semejaba una
alucinación. Por no perjudicar al joven el policía que le atendió lo mandó a su
casa, diciéndole que no se preocupara que ellos se hacían cargo del asunto. Ni
siquiera tomó nota de la denuncia.
En lugar de irse a su casa Pep volvió al Club, a contar a sus amigos lo que había pasado en el puente y no le creyeron, al contrario, pensaron que era uno de esos cuentos de ficción que con frecuencia compartía con ellos. Le recomendaron que lo escribiera y lo añadiera a su próximo libro de relatos que publicara porque la historia lo merecía.
Y Colorín Colorado, este cuento NO ha acabado